domingo, 14 de agosto de 2011

Dejando penas en el camino


Caminando va, en un ritmo continuo para disipar las sombras en la marcha. Sombras que se desvanecen como sendero de playa, borrado por las calmadas olas cargadas de un silencio que inquieta. De cuando en cuando, las olas traen un nuevo frescor reflectivo, pero quizás eso no baste.
Luces que encandilan van y vienen, simulan cuerdas que sujetan la nada misma. Hace recordar con pena la vida efímera que ha llevado, el viento ya no le seduce la piel, que ya no acaricia su pelo al caminar. Aguanta sin remedio sus ojos que le rezongan, le reclaman revancha y venganza, como si no hubiese sido suficiente la lucha hasta ese momento. Realmente no le importa demasiado, él es perseverante. Alza la vista con un esfuerzo casi sobrehumano, se nota en su gesto la pesadez de su momento. Mirando el horizonte se queda, siente que toca el cielo con la mirada y con fuerza libera un grito que significó prácticamente toda su vida. Acompañando a ese grito, libera un leve soplido singular que usó para mover las estrellas e invitar a la luna a descansar con sosiego en la noche. Gotas de hierro frío caen desde la luna, acompañando la mágica melodía que el silencio regala. Las notas en perfecta armonía, los astros juguetones predicen junto con el río de agua cristal que, al menos por ahora, nada puede empeorar. Esboza unas sonrisas mientras se recuesta en el césped, sus manos al hacer contacto con el suelo se vuelven raíces. Por primera vez siente que es parte de algo, sin incomodidad, sin presiones y por decisión propia. Las voces que ha silenciado por tanto, por miedo, han de ser escuchadas de nuevo. Ahora, después de tanto tiempo, nuevamente es parte del mundo.
El eco le canta gustoso y danza verdades tachadas. Solía estar bajo el control de su rencor, de su dolor. Fue una marioneta de sus malos hábitos, fue el payaso de la lágrima pintada bajo la piel. Las mariposas vuelan, en su enredado aleteo van perdiendo las alas y mimetizan con las estrellas, ayudan a desalojar las sombras del golpeado cuerpo. Una por una van saliendo a través su pecho, se pierden en el sendero florido con rapidez, sus raíces van levantando el suelo y vuelven a formar sus manos. Una vez purificado su interior, saca de su bolsillo un reloj de arena. Su más preciado bien, dueño de su tiempo, el mismo que se desgasta con más rapidez que un helado otoño. Marca el ritmo de su vida, y poco a poco van cayendo los granos de arena, marcando un nuevo y mejor comienzo.
Levanta con celeridad su cuerpo, ahora más liviano, pues ha limpiado su interior. Las penurias que ha conjugado de todas las maneras habidas y por haber, ya no pesan. En limpio sendero camina, se hace cómodo a la vista para él, el saber que ya no huye de sus recuerdos. De si mismo. El polvo vuela tras sus pies, pues lleva un paso parejo y enérgico. Desea llegar a donde lo lleve el sendero, no sabe qué le depara el caminar, sólo sabe que a algún lugar llegará.
Puede ser el relato de un hombre malo que decidió ser bueno, o un buen hombre que no supo elegir bien. De cualquier modo, con seguridad se puede decir que su camino no ha terminado. Él aún sigue caminando, formulando frases sueltas a modo de una difusa poesía sólo para continuar en algún momento esta narración. O quizás, solamente para vivir.


Juanba Martinez Rios 




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